• La causa de contaminación Río La Pasión

    Contaminación Río La Pasión

    La causa de contaminación Río La Pasión

    Contaminación Río La Pasión. Juan José, más conocido como J J ) era famoso en Sayaxché por su extremada afición a las bebidas alcohólicas. Aunque trabajaba por las mañanas como carpintero, al nada más dar las 12 del mediodía su vida cambiaba de manera drástica y su mundo se reducía al rincón de alguna cantina. De cualquiera de las muchas cantinas que se conocía como la palma de su mano. De La Libertad, en Petén a Chisec, Alta Verapaz y de San Francisco a Dolores, de Dolores a Poptún y de Poptún a San Luis. ¡Ah! Y en más de una ocasión, sin saber cómo, fue a parar a un bar de mala muerte en Ocosingo, en Chiapas, México.

    Así, del mediodía al anochecer o, algunas veces hasta la madrugada, J J hacía amigos momentáneos, con los cuales intercambiaba las más fantasiosas historias que pueden narrarse entre borrachos. Unos contaban relatos de aparecidos; otros, los pescadores, de enormes bestias que salían de las aguas del Río La Pasión. Otros eran expertos en temas políticos: que si los ex funcionarios detenidos, que si los desmanes en el Congreso, que… Y los más, eran adictos a un tema de suyo controversial: las mujeres. Y es que en aquel grupo no había uno sólo que no hubiese tenido escarceos amorosos con más de una docena de damas del pueblo… según decían.

    Y así como este, era igual al día siguiente. Y al otro. Y al siguiente otra vez. Largas jornadas laborales, literalmente echando barniz junto a larguísimas jornadas de ingesta alcohólica y sabrosa, aunque improductiva, tertulia. J J, además de ser conocido era bien recibido en esos lugares, y no tanto porque fuera buen cliente sino porque tenía un modo peculiar de tratar a la gente, que rápidamente caía en gracia.

    Eso sí: era un borracho, digamos, responsable hasta cierto punto. Ganaba muy bien porque era de los pocos carpinteros que sabían su oficio a la perfección y tenía el cuidado de que nunca faltaran los frijolitos para su esposa y cuatro hijos. “Yo me quiebro el lomo para que a ustedes nada les falte”, decía a modo de justificación de las borracheras.

    Una noche de parranda cuando ya estaba bastante entonado, la charla tomó perfiles muy serios. Uno de los amigos habituales empezó a relatar que habían estado por el pueblo “unos como fachudos” que les estaban diciendo a un grupo de maestros y otros dirigentes que había que estar alerta porque el Río La Pasión estaba contaminado. Muy contaminado, especialmente desde que una empresa industrial provocó la mortandad de miles de peces, y que esa sustancia iba a acabar con toda la población.

    En medio de la borrachera todos se pusieron alarmados. No podía ser posible que algo tan terrible estuviese ocurriendo en aquel hermoso Río La Pasión. Sobre todo, no podía ser posible que estuviese contaminado, como habían asegurado los hippies esos. A veces tal vez estaba un poco sucio; algunas veces quizás bastante sucio, pero era basura transitoria; manchas que dejaban los motores de las lanchas, basura que tiraban algunos irresponsables, cosas así. Pero contaminación, lo que se dice contaminación… muy difícil. ¡Imposible!

    A JJ también se le espantó la bolencia. Él, como todos los que ahí se reunían, podían ser todo lo borrachos que se quisiera pero sobre todas las cosas amaban al Río La Pasión. Era parte de su vida desde el mismo instante que habían nacido, se habían zambullido en sus aguas desde patojos (especialmente en las vacaciones, cuando pasaban horas enteras nadando), habían navegado cada centímetro cuadrado de sus aguas y habían ayudado en cada ocasión que se producía mortandad de peces (que era algo recurrente en realidad, aunque la prensa se hubiese centrado en los hechos de junio de 2015 como si nunca antes hubiesen ocurrido).

    Pero, lo que le preocupaba a JJ de manera particular era que su esposa todos los días llegaba al Río La Pasión a vender comida entre los viajeros. Sus patojos, además, solían ir a jugar con los hijos de los pescadores y frecuentemente regresaban a casa empapados, después de haberse dado grandes chapuzones. Borracho, algo irresponsable como decíamos, pero con cierto nivel de educación que le servía para saber que la higiene era algo muy importante en la vida. Porque eso sí: sólo había cursado la primaria pero hubo un tiempo en que le dio por leer de todo. Eran tiempos lejanos, cuando iba a la biblioteca municipal y se devoraba los libros. Todo eso cambió cuando se casó y después, cuando se dio a la bebida. Pero ahora lo que le preocupaba era esa famosa contaminación en el Río La Pasión.

    Por eso, al día siguiente dejó de ir a la cantina. Le carcomía la mente la idea del Río La Pasión contaminado. Simplemente, no lo podía creer. Era un impacto tan fuerte en su psiquis que resultaba más poderoso que su afición a la bebida. Ahora no dejaba de ir al río a ver su estado. Nunca encontraba nada anormal. Nunca, algo alarmante. Solo agua y más agua.

    Una noche decidió dar un paseo por las orillas del portentoso Río La Pasión. Había luna llena y llegaba hasta sus narices el olor del hueledenoche, el rumor de las ramas más cargadas de hojas, los clásicos sonidos indescifrables de las aves nocturnas. Y la corriente, que esta noche estaba muy tranquila, emitía el suave ritmo que acompañaba su desplazamiento entre las rocas. Y aunque el gusanito del trago lo hurgaba de vez en cuando, J J prefería hacer caso omiso y se aguantaba “como los machos”. “Me preocupa más lo que le pueda pasar a mi familia y a mi pueblo que echarme un par de capirulazos”, era su auto terapia.

    Con esas meditaciones en su cabeza iba caminando, cuando de repente escuchó un ruido extraño, ajeno a los típicos sonidos de la selva llamó su atención. Eran voces humanas; un poco apagadas pero voces al fin. “¿Será que estoy oyendo tonteras por tanto guaro?” se preguntó. “No, ahora estoy sobrio”, se respondió como aclarándose a sí mismo. Entonces, con cautela, se escondió detrás de un árbol de tallo ancho, afinó el oído y agudizó la vista. Y fue cuando vio que, en efecto, era un grupo de personas que se desplazaba en una lanchita, muy pegada a la orilla para evitar cualquier crecida repentina que pudiese presentarse.

    Iban muy agazapados hasta que de pronto uno de ellos se levantó para hacer algunos ademanes con los brazos en alto. Para J J las señas no mucho se entendían, pero en eso cayó en la cuenta que otro grupo estaba en la orilla opuesta. Tampoco había visto otra canoa que había permanecido varada en la ribera opuesta, hasta que esta empezó a navegar en sentido perpendicular al río hasta alcanzar a la primera lancha. Fue entonces cuando vio que los tripulantes de esta última embarcación cargaban algunos bultos y se los entregaban a los de la primera. A pesar de lo suave de las voces con que se comunicaban, J J alcanzó a oir: “Bueno muchá. Manos a la obra y rápido. Que nadie se de cuenta”.

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