Ecocidio Falso en Guatemala

Los profetas del ecocidio se muerden la lengua

El concepto Ecocidio ha sido ampliamente utilizado, como una manera de identificar el nivel de daño que ha sufrido un área determinada del ambiente natural, como resultado de accidentes, descuido o, incluso, de desastres naturales cuya cauda puede afectar gravemente un ecosistema y las poblaciones que lo integran. El uso del término se incrementó desde que estuvo a punto de ser incluido como el quinto Crimen Contra la Paz dentro del Estatuto de Roma. Sin embargo, fue examinado dentro de la Organización de las Naciones Unidas -ONU- durante décadas pero excluido finalmente en 1996 a pesar de la objeción de muchos países.

Pese a ello, los grupos ecologistas más radicales, popular y justamente conocidos como “Ecohistéricos” no han cejado en su empeño y hasta han propuesto una Ley Sobre Ecocidio, por medio de la cual se busca que las autoridades sancionen en casos de destrucción o pérdida de ecosistemas. En realidad,  de ninguna manera explican claramente en qué consistiría el tal “Ecocidio”.

Por tanto, el Ecocidio no existe, al menos en los términos que se pretende aplicar a cualquier daño que sufra el medio ambiente. En Guatemala se ha utilizado erróneamente, porque hasta la fecha nunca, léase bien, nunca ha ocurrido un sólo hecho que merezca semejante denominación. Y sin embargo, como decimos, se ha hecho y se ha reproducido masivamente, a pesar de que se trata de un claro infundio.

Un caso reciente es el que ocurrió en junio de 2015, cuando la repentina mortandad de peces en el Río La Pasión, a su paso por Sayaxché, Petén fue atribuida falsamente a que una empresa procesadora de aceite de palma habría arrojado el insecticida Malathion hacia las aguas del citado cuerpo hídrico. Sin embargo, más de un año después se ha demostrado que ni una cosa ni la otra ocurrieron, es decir, ni la empresa procesadora de aceite fue responsable del accidente ni se lanzó nunca el mencionado químico. Sin embargo, para los ecologistas irresponsables no fue necesario esperar los peritajes de ley. Sin más, lanzaron la propaganda negra contra la compañía procesadora y crearon un ambiente hostil hacia sus actividades.

Por aquellos días y en medio de la oficiosa campaña de señalamientos que se desató, el propio Benedicto Lucas, director de la Comisión Nacional de Áreas Protegidas (CONAP) explicó que una causa posible era el excesivo crecimiento de material orgánico y que ello habría reducido la capacidad de los peces de disponer de las cantidades adecuadas de oxígeno, condenándolos a morir ahogados de una manera terrible.

Pues bien, el jueves 11 de agosto de 2016 algo similar ocurrió en el lago Petén Itzá, cuando vecinos de San Andrés y San José Petén recolectaron grandes cantidades de peces de la especie conocida como Pez Blanco, oriunda de este espacio lacustre. Algunos pescadores expertos descartaron la presencia de insecticidas en este caso, al contrario de la precipitada aseveración de los “Ecohistéricos”. Por experiencia saben que después de un acontecimiento natural, como el paso de una tormenta tropical o evento similar, el movimiento del agua produce cambios de temperatura y aumenta la cantidad de desechos que se vierten sobre el lago. Un día antes el paso de la tormenta Earl se hizo sentir en esta región del país.

Por su parte, Gerson Ochaeta, biólogo de la Autoridad Para el Manejo y Desarrollo Sostenible de la Cuenca del Lago Petén Itzá fue muy enfático: “Los peces se murieron a causa del poco oxígeno debido a que el incremento de lluvia arrastró materia orgánica que consume oxígeno del agua”.

En este caso los ecohistéricos no pudieron hacer mayor aspaviento, como sí lo hicieron cuando ocurrió lo del río La Pasión, evidentemente porque en las cercanías del Lago Petén Itzá no opera ninguna fábrica susceptible de ser víctima de sus pobres criterios. Pero los hechos hablan por sí solos: son casos similares, con la variante de que ahora no hay posibilidad de culpar a agente químico alguno. En el caso de La Pasión no se encontró este material y tampoco se encontró en Petén, Itzá. Razones sobran, entonces, para asegurar que ambos casos tienen un origen natural: el aumento de material orgánico que restringe la capacidad respiratoria de los peces.

Esto demuestra, como en tantos otros casos, que los falsos ecologistas actúan sin escrúpulos. No les interesa la conservación del medio ambiente ni la sobrevivencia del planeta. Lo que les preocupa es encontrar medios para justificar la financiación internacional que reciben. De nada vale para ellos, todo el esfuerzo empresarial que pueda ponerse en riesgo a causa de sus señalamientos sin fundamento, y les tiene sin cuidado que las comunidades pierdan espacios de oportunidad al enfrentarse entre sí.

Es demasiado el daño que causan, por lo que sería conveniente exigir a las agencias internacionales que los apoyen, que promuevan un ecologismo responsable, profesional, proactivo y propositivo, en lugar de extenderles su generoso aporte, que finalmente va a parar a manos anhelantes de dinero.

El caso que nos ocupa es elocuente. No hubo ecocidio en La Pasión y en Petén Itzá ni siquiera dieron la voz de alarma. Se ha comprobado, además, que el Malathion u otra sustancia no fueron la causa de la mortandad de peces. Y nada ha pasado en la comunidad de Sayaxché: la gente trabaja, el río se ha recuperado, la vida, esa que querían alterar para su beneficio, continúa inalterable.

En otras palabras: Tienen que morderse la lengua las víboras viperinas del ecologismo ecohistérico.

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Río la Pasión, Sayaxché, Guatemala

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