causa de contaminación Río La Pasión Pt.2

La causa de contaminación  Río La Pasión

Parte 2 

 Contaminación Río La Pasión. Cuando las lanchas pasaron frente a J J pudo ver más claramente a los tripulantes de las pequeñas naves. Eran los hippies, los fachudos, los ecologistas que daban un paseo nocturno por el Río La Pasión, pero no para comprobar si había contaminación. Era para algo que J J no alcanzaba a comprender muy claramente. Sin embargo, sus dudas no duraron mucho tiempo en despejarse. Desde su escondite claramente pudo ver cuando dos hombres levantaban un saco y vertían su contenido sobre las aguas. El carpintero-borrachín no pudo distinguir exactamente de qué se trataba, pero sí pudo percibir un olor penetrante que rompió el aire y llegó hasta sus narices, ofendiéndolas con la intensidad del aroma.

En medio de su ignorancia (que en realidad no era tanta como él creía) se percató que se trataba de alguna sustancia química. Probablemente un pesticida y de inmediato cayó en la cuenta. “Ajá, son los que se dicen ecologistas los que están contaminando el Río La Pasión. ¡Ahora caigo! ¡Así es como quieren engañarnos!” “No, esto no puede ser. Lo voy a contar en el pueblo”.

La operación duró varios minutos. El vertido se llevó a cabo en diversos puntos del Río La Pasión para asegurar sus efectos nocivos. “¡No cabe duda, lo que puede hacer el amor al dinero”, se dijo J J. “Contaminar un río tan hermoso con tal de justificar todo eso que han venido metiéndole al pueblo en la cabeza”, decía abrumado por la indignación.

Tiempo después vio pasar de nuevo las dos lanchas, esta vez en sentido contrario y pudo observar cuando desembarcaron en las orillas de Sayaxché y de inmediato se dirigieron con rumbo desconocido, Por cualquier cosa, J J se quedó en el lugar aguardando a ver si volvían. Pero no. Al parecer la operación había sido suficiente y se marchó cuando ya casi entraba la madrugada.

Curioso como era, antes de retirarse se acercó a las riberas del Río La Pasión y pudo observar que algunos peces saltaban del agua como enloquecidos; algo que había observado anteriormente y en varias ocasiones. “¡Malditos!” “Esa su porquería ya empezó a hacer efecto”, expresó, mientras inerme se dejó caer de rodillas sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche. “¡Esto lo tiene que saber el pueblo entero mañana mismo!”

Así que al día siguiente, a primera hora fue al mercado, al campo de fútbol, a las cantinas, al punto donde se reúnen los pescadores. Les contó a todos los que le fue posible lo observado la noche anterior. Por supuesto, no todos le creyeron de inmediato, sobre todo porque pesaba mucho su fama de borracho empedernido. “Vos a saber que bomba llevabas que viste aparecidos”, le decían. “Pues si no me creen vengan esta noche conmigo. Acompáñenme y verán”.

Lo hicieron así. Al igual que J J la noche anterior, el grupo de pobladores esperó a los hippies. Escondidos detrás de los árboles, agazapados entre la maleza, atrás de las rocas, ¡donde fuera posible!Algunos empezaban a maltratar al carpintero, maldiciendo el tiempo de descanso que estaban perdiendo. En esas estaban cuando de pronto el silencio de la noche fue roto por el lento batir de remos en medio de la oscuridad. Eran alrededor de las 8 de la noche y todo parecía tenebroso porque la luna hoy estaba medio escondida por algunas nubes.

Uno de los pobladores encendió un cigarrillo y lo levantó por unos instantes hacia el cielo, agitándolo de izquierda a derecha y viceversa. Era la señal de alerta que se había convenido. Los de la lancha no se percataron porque siguieron su lento navegar río abajo. De pronto, cuando la lancha se acercaba a una roca donde se escondían cuatro de los sorprendidos sayaxchenses, uno de ellos se lanzó al río sin hacer ruido, nadó un par de metros, alcanzó la borda de la canoa y de un sólo tirón la hizo tambalear. Justo en ese momento salió otro de entre la oscuridad, y otro, y otro más y en cuestión de minutos las pequeñas embarcaciones fueron volteadas mientras sus tripulantes eran arrastrados del cuello hasta una de las orillas.

Una vez en tierra, los pobladores sacaron a relucir palos y piedras que habían reunido para amenazar a los intrusos. Estos, lloriqueando, imploraban compasión y decían, mintiendo, que su propósito “sólo era limpiar el Río La Pasión porque estaba contaminado”.

“Limpiar será el diablo en calzoncillo”, dijo uno de los más airados. “Miren como se están muriendo los pobres animalitos en el río. Y después vienen ustedes con la prensa y le echan la culpa a las industrias”. “¿Qué hacemos con estos pájaros del infierno?, preguntó Leonel de repente. “Démosles aguacate aquí mismo, para que se les quiten las mañas”, contestó Francisco Pinto, cuya familia había llegado a Sayaxché del Oriente y tenía fama de armas tomar.

“No, violencia no. Aunque lo que han hecho al contaminar el Río La Pasión no tiene nombre, mejor llevémoslos a las autoridades y que confiesen toda la verdad. Y luego de cumplir esta condición que los consignen para que sean castigados como merecen”. “Pero asegurémonos de que realmente los van a juzgar. Que este caso no quede en la impunidad como tantos otros que han ocurrido aquí”, decía alguien más.

Así estuvieron discutiendo durante un largo rato. Realmente costó mucho convencer a los más irritados que lo conveniente era seguir el camino que marca la ley. Acto seguido se dirigieron todos a la Comisaría del pueblo donde fueron entregados, explicando al Jefe principal cuáles eran las condiciones que debían cumplir para antes de ser entregados. “¡No tengan pena, muchá. Nosotros nos encargamos de que sean procesados como corresponde. Váyanse a dormir tranquilos”.

Al día siguiente el grupo poblador se dirigió a primera hora a la Comisaría. “Venimos a informar que ya convocamos a la Prensa para que venga a cubrir la declaración de estos peludos. Vienen a las 10”, dijo uno de los cabecillas. Sin embargo, las cosas no serían así. Con mucha pena, el Comisario les explicó que habían notificado al Ministerio Público y que este había llegado por ellos para hacerse cargo del caso. “Ya hace una hora salieron pa´ la capital”, les explicó.

“¡Ya vieron que se los decía! ¡No había que entregarlos; teníamos que actuar de una vez!”, reprochaba Francisco Pinto. Al final, las autoridades les convencieron de que lo actuado era lo mejor para todos. “Esperemos que los llamen a declarar y entonces ahí ustedes podrán exigir justicia”, les decían para aplacarlos.

Sin embargo, los días transcurrieron sin noticias de los aprehendidos. Y mucho más tiempo después, los pobladores de Sayaxché se enteraría que nunca habían sido llevados a juicio “por falta de pruebas”. “Ni modo -decía J J- al gobierno no le conviene perseguir a ecologistas, aunque sean delincuentes”.

Contaminación Río La Pasión

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